-Entraba sin prisa a casa, en una noche calurosa de verano,
lo hacía como dueño y señor de ella que era, lo hacía con firmeza y seguridad,
con actitud de conocer cada rincón, cada recoveco, y sin miedo de encontrarme
con algún objeto en el camino, realicé el recorrido sin ayuda de
alguna luz, en completa oscuridad, quizás iluminado por mi recuerdo perfecto e
inmutable de como estaban las cosas, llegue a un sillón, me senté en él, que
sin duda era el más cómodo que jamás haya estado al servicio de mi descanso y quede
en la perfecta oscuridad el tiempo suficiente para perder noción del tiempo y
como por arte de magia, un hogar, perfectamente ubicado a la izquierda de aquel
sillón empezó a chisporrotear calentando el ahora entorno frío supongo que era
el otoño más frío de todos, y de a poco iba
regalando una tenue luz que me iba enseñando el contexto en que mis ideas
volaban libres, y vi, sin asombro y con aire austero, que mi mesa ratona era un
viejo libro, grande y viejo libro, con detalles finos y elegantes en relieve, y
sobre él, una pluma dándole un aspecto cordial que invitaba a escribir
libremente en sus páginas, Este libro estaba apoyado sobre cuatro elegantes
patas que simulaban, o eran, viejos tinteros para la pluma. El fuego aumento su
luminosidad, dejándome ver más allá de la mesa ubicada justo frente a mí, Todo
aquello ya me era conocido, pero lo escudriñaba con la mirada como si fuera la
primera vez que lo veía, buscando algún desperfecto en el orden, quizás, o
analizando si algo debía ser cambiado de lugar, pero cada nueva imagen me
regalaba la armonía de mi mundo, ahora la luz llego hasta una pared, una pared
donde en vez de cuadros, había libros
abiertos en páginas especificas con frases marcadas que incitaban a vivir
siempre en mundos de fantasías, en mundos ideales, esas frases hacían de la
vida un mar, un desierto, y transcurrían en chozas o mansiones, o al aire
libre, quizás bajo la tierra, o bajo el mismo mar, Las vidas que simulaban
aquellas frases, eran, son y serán por siempre mientras existan aquellos libros,
simples reflejos de que podemos armar nuestra historia como nos plazca; ¡SI! Definitivamente
los libros en la pared también eran mi mundo. De pronto, la luz de la llama se
hizo tan intensa que me dejo ver toda la sala de un solo sopetón y vi, como
tenia forrado cada milímetro de la pared, con bibliotecas rebosantes de libros,
que en el fondo, en el único lugar libre de la pared, el escritorio tenia pilas
de libros en sus orillas y dos libros abiertos, uno cuyas hojas que dejaba ver,
que eran las primeras, estaban completamente en blanco, y también tenía una pluma
arriba, y una obra que había estado leyendo tiempo antes. Todo en aquél lugar
era perfecto, hasta las figuras cambiantes y sin formas conocidas que regalaba
la viva llama encendía en aquella Lumbre que eran como salidas de un mundo
surrealista que invitaban a imaginar que todo se quemaba, o que simplemente
nunca más habría alguien que sufra frío.
Una
taza de café apareció en mi mano y me vi mirando por la ventana, que estaba a
un lado del fogón, sin ni siquiera haberme levantado de aquel asiento que
consideraba ahora como mi trono en medio de un reino poderoso y completo lleno
de locuras y corduras, de aciertos y errores; Pero ya no recuerdo si me había enamorado
de la blanca noche invernal cubierta de nieve y de esa mágica imagen de ver
nevar o si en aquella noche, en el
firmamento, había una luna llena que parecía dispuesta a ser eterna dueña de
aquel lugar, y mirando por mi ventana, pasando mi vista a través de la ventana
abierta e iluminada de la casa vecina, vi como el padre de familia cerraba un
grande y detallista libro de cuentos, lo dejaba sobre la mesa de luz ubicada
como costumbre junto a la cabecera de la cama y se marchaba dejando dormir a su
hija en, la que pensé, era la mejor de las compañías, un libro, e imagine su
mente divagando entre las imágenes de aquél cuento que acababa de escuchar y me
fue inevitable sonreír, volví mi mirada a mi habitación y vi nuevamente mi
escritorio, la pila de libros era menor y los dos libros habían cambiado, uno,
el de la pluma estaba superando por poco su mitad y el otro, la obra, era otra, y recordé también haber estado leyéndola tiempo
antes y aún estaba, al igual que la anterior, sin terminar.
Miré el fuego, ahora más tenue y consumido, pensé
que era menester levantarme a agregar a aquella vieja forja de sueños un tizón,
sino me congelaría, aunque mientras pensaba la llama encontró su fin, así como también finalizó el invierno y ahora las ventanas
estaban abiertas y corría un colorido aire primaveral que me recordaba grandes
historias de amor y de odio, de pasiones, de desánimos y de luchas ganadas en
las que siempre existía el perdedor, todas esas historias, todos esos mundos
estaban en mi poderoso reino cual trono seguía cómodamente ocupando, pero cuando recupere la noción del lento andar del
tiempo me quise levantar y me tuve que ayudar con un bastón, note a la distancia
que ya no había obras de lectura sobre el escritorio, ni pilas de libros a los
costados, y aquel libro de hojas en blanco con su pluma se encontraba cerrado
con la contra tapa hacia arriba, y la pluma al costado, limpia y regalando un
aire como de victoria por haber culminado un desafío, caminé, agarré el
libro, y
con pasos ahora cansados lleve mi historia al mar, o al desierto, en un
yate o una canoa, a la deriva o con timón firme, y una vez allí me deje volar por
el cielo, despejado o nublado y mi vida
llegó a su fin pero seguían latiendo mis sueños locos, o cuerdos, mis planes o mis improvisaciones en aquél
libro que quedo en el escritorio de aquel Reino, que no era reino sino un montón
de libros en una habitación, Mi sueño, mi meta de la vida hecho realidad.
